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El polvorín libanés
Por Julián Schvindlerman (Comunidades 28/7/10) en Guysen
International News
La semana pasada Israel fue atacada desde el desierto del Sinaí, desde
la Franja de Gaza y desde El Líbano sin que ello motivara una reacción
audible por parte de la familia de las naciones. Cohetes fueron
disparados desde Gaza por Hamas contra Ashkelon y Sderot.
Presumiblemente esta misma agrupación terrorista lanzó cohetes desde el
Sinaí contra Eilat, algunos de ellos aterrizaron en el Mar Rojo y otros
en Jordania, con consecuencias letales. En el norte del país, soldados
israelíes cayeron bajo el fuego premeditado de soldados libaneses.
UNIFIL, la fuerza internacional de la ONU asentada en la frontera,
confirmó que no hubo violación territorial alguna por parte de Israel. Y
sin embargo, ante este casus belli cristalino todo lo que el mundo hizo
fue emitir un llamado a la moderación a ambas partes.
De haber existido responsabilidad israelí en estos acontecimientos
podemos dar por descontado que la comunidad internacional se hubiera
hecho oír con impetuosidad. Nos han acostumbrado tanto a esta doble vara
moral que ya prácticamente no la notamos. Pero las consecuencias de esta
actitud mundial se harán sentir en el plano geopolítico, además del
moral. Permitir que movimientos fundamentalistas ataquen impunemente
redundará en renovadas agresiones. Ignorar una provocación militar
abierta de un ejército soberano alentará repeticiones. Ninguno de los
casos contribuirá a la estabilidad regional.
Como es usual, son los israelíes los que terminan pagando el precio de
las internas y el extremismo musulmán. Ante el prospecto (incluso tenue)
de negociaciones de paz entre israelíes y palestinos, los saboteadores
emergen. Sólo que orientan su furia contra Israel exclusivamente: son
sus poblados y sus habitantes los objetivos del terror. En el pasado, no
han sido explotadas pizzerías en Nablus o Jericó, sino en Jerusalem y
Tel-Aviv, para supuestamente frenar el diálogo bilateral. Actualmente,
El Líbano está sujeto a tensiones internas dispares y son soldados
israelíes los que caen abatidos. Tales son las reglas que gobiernan la
insensatez del despiadado Medio Oriente.
El Líbano ha sido promesa y fracaso. Con su multi-etnicidad, su apertura
internacional y su vanguardismo cultural, el país ofreció la esperanza
de una existencia diferente y singular. Pero la injerencia de la OLP, de
Siria y de Irán, sus guerras civiles y su alucinante inestabilidad forzó
a israelíes, franceses y estadounidenses a enredarse -y embarrarse- en
su trágica realidad. Debieron pagar un alto precio humano, político y
material antes de poder despegarse, nunca del todo, de su sofocante
intensidad. Los malos recuerdos de tiempos no demasiado distantes
indujeron al trío occidental a un prudente distanciamiento, pero el país
de los cedros -cual fantástico hechizo de un mago oriental- no se deja
ahuyentar.
El 14 de febrero de 2005, el entonces premier libanés Rafiq al-Hariri,
junto a otras veintidós personas, resultó muerto en una explosión de mil
kilogramos de TNT en Beirut. La indignación popular y la presión
internacional derivaron en la partida de los ocupadores sirios tras casi
tres décadas de presencia en el país. Un Tribunal Especial de las
Naciones Unidas fue establecido en La Haya para investigar el asesinato.
Sus conclusiones se esperan prontamente. Una apreciación preliminar
publicada en octubre del 2005 por el Consejo de Seguridad de la ONU
involucró a Siria en el episodio. Poco tiempo atrás, el líder del
Hizbullah, Hassan Nassrallah, declaró que el tribunal seguramente
endilgaría responsabilidad a su movimiento. El primero es ruta de
tránsito para las armas que provee Irán al segundo. Ambos tienen un
interés especial en impedir que las conclusiones del panel investigador
socave su influencia política local. Hizbullah podría perder apoyo
popular -por no mencionar sus asientos en el gabinete libanés- de ser
designado partícipe del asesinato del padre del actual premier Saad
Hariri. Damasco podría ver estropeada su esperanza de algún día retornar
como guardián. El patrón de ambos, Teherán, podrá preferir reservar el
prominente arsenal de la milicia chiíta (40.000 misiles) como medio de
represalia ante una eventual operación israelí, pero una pequeña
distracción global respecto de este incómodo asunto que puede
potencialmente dañar a sus aliados y afectar así su propia autoridad en
El Líbano, no le vendría mal.
Esto puede explicar la razón por la cuál un comandante de brigada
libanés, chiíta y simpatizante de Hizbullah, dio la orden de abrir fuego
contra militares israelíes que realizaban trabajos de rutina en suelo
israelí, llegando a convocar anticipadamente a periodistas para relatar
el ataque. Esta vez Jerusalem decidió responder de manera puntual contra
la fuente de la agresión. La próxima vez podría elegir hacerlo contra el
Ministerio de Defensa en Beirut. Para evitar este desarrollo, presión
deberá ser ejercida sobre el gobierno libanés para que controle
seriamente a su ejército. Un buen punto de partida en pos de ello sería
el abandono de la retórica piadosa que ubica en igual plano al agresor y
al agredido.
Fuente: www.guysen.com/es/
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