JAI / El sitio de la Colectividad Judía de Uruguay
11 de enero de 2012

No quiero que me digas: ¡Arriba ese ánimo!

Por Yossi Ives

Supongamos que estás caminando por la calle y te cruzas con una vieja amiga que va con la cabeza baja y el ceño fruncido. En un intento por consolarla, instintivamente le dices: ¡arriba ese ánimo!

Bueno, te puedo garantizar que tu comentario no sirve. Lo que sí logrará es que se sienta enojada, frustrada y más deprimida. Estás siendo grosera y ni siquiera te das cuenta. Si ¡arriba ese ánimo! es lo único que tienes para decir, quédate callada y ofrécele una sonrisa amistosa, no un comentario trillado. Si fuera yo quien estoy pasando por momentos difíciles, no me gustaría que alguien viniera a decirme que esté de buen humor. Quiero que alguien comprenda porqué me siento triste.

“Arriba ese animo” implica que no tengo motivo para sentirme mal. Hay que aceptar que es posible que no esté triste por el placer sentirme así. Evidentemente algo me está preocupando, y el resultado es que esté melancólica. Decirme que esté animada es, en efecto, negarme el derecho a sentirme contrariada. Imagínate el peso que ahora estoy cargando: ¡no solamente tengo un problema preocupante, sino que ni siquiera permites que me sienta mal por lo que me está pasando!

También es una ofensa insinuar que estar animada es algo simple y sencillo. Es como decir ¿Qué te pasa .....? ¡Tienes que tranquilizarte!”. Cuando una persona se siente deprimida – ya sea por problemas económicos, matrimoniales, o del origen que sean – lo último que quiere es que, por estar triste, alguien la haga sentir que no está a la altura de las circunstancias. Si le resultara tan sencillo estar animada, seguramente lo estaría sin tu sabio consejo.

Toma el texto del libro del personaje bíblico José. Éste se encontraba languideciendo en la prisión junto con dos ministros del faraón cuando, una mañana, se da cuenta que ambos están de pésimo humor. ¿Qué es lo que hace José? ¿Les dice “arriba los corazones”? En realidad, él no les dice nada – les hace una pregunta: “¿Por qué hoy están tan tristes?”, lo que les da entrada para poder desahogarse con José.

José hizo algo que tiene un contenido muy profundo: no les indicó cómo se debían sentir; en lugar de eso, les brindó una oportunidad para hablar de sus problemas. José percibió que en el 99% de los casos, las personas tienen un motivo para estar molestas. La forma de ayudarles es animarlas a hablar del problema, ayudarles a enfocarlo y tratar de encontrar una solución.

Por eso, la próxima vez que sientas la tentación de decirle a alguien “¡arriba ése ánimo!”, toma en cuenta que quizás que, con tu comentario que no toma en cuenta la sensibilidad del otro, solamente estés aumentando su tristeza. Puedes seguir esta sencilla regla: cuando a otra persona le pasa algo, casi con seguridad lo mejor para ella será poder hablar, no que lo hagas tú. No importa lo que tu poderoso cerebro pueda elaborar, es posible que resulte inconducente y potencialmente ofensivo.

Cuando le preguntas a alguien: “¿Cómo estás?” ¿Es que realmente estás preparado para recibir su respuesta?” Ahí está la verdadera razón por la cual le decimos “¡arriba ese ánimo!” – es una respuesta rápida y sencilla. Nos convencemos que con esa perla de sabiduría hemos cumplido con lo que nos corresponde hacer por la humanidad cuando, en realidad, el destinatario de tu brillante aforismo estalla por dentro y piensa: “¡Te odio por lo que me estás diciendo!”

Recuerda que, una vez que las palabras han salido de tu boca, nunca más pueden ser borradas. Con infinita sabiduría, Maimónides aconsejaba no decir nada sin antes reexaminarlo tres o cuatro veces en nuestra propia mente. En situaciones como las referidas anteriormente, no estaría mal hacerlo cinco o seis veces, y siempre observar la siguiente regla: en caso de duda, no decir nada.

Si quien está pasando por un momento difícil es una persona que te importa, o a quien le tienes cariño, trata de encontrar el tiempo para escucharla. Si no te resulta sencillo hacerlo, ofrécele un abrazo cariñoso – o algo muy judaico – una torta ...

Fuente: Revista Kesher


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