JAI / El sitio de la Colectividad Judía de Uruguay
26 de febrero de 2012

Viajes con mi ego

Escribí un libro.
Quisiera poder decir que no me importa si lo compras, lo lees o te gusta. Pero estaría mintiendo. Sí me importa. Y mucho.

¿Estoy orgulloso de sentir eso? No. ¿Significa que soy inseguro, vulnerable e inestable? No. Significa que soy normal (al menos en esta área de la vida). A todos nosotros, en diferente grado, nos importa lo que los demás opinan de nosotros, especialmente cuando exponemos nuestros sentimientos, habilidades, creencias, actividades e idiosincrasias al público. Así es como fuimos programados.

Y entonces, mi ego y yo estábamos caminando por una avenida hace unas semanas, cuando pasamos por una de las librerías de judaísmo locales. Esta no era una ocurrencia poco común. Mi ego y yo a menudo viajamos juntos, porque compartimos intereses y objetivos.
Entonces, no me sorprendí cuando se dio vuelta y me dijo:
“Hay muchos libros en la vidriera, ¿pero está el tuyo?”.

Como era de esperar, me lo tuve que tragar. No era la primera vez que advertí la fragrante omisión en la ventana. Pero, por alguna razón, esta vez decidí aventurarme hacia adentro. “Quizás (grito ahogado) ¡ni siquiera VENDEN mi libro!”. Tenía que averiguarlo.

Me abrí paso a través de la sección de CDs, la sección del Talmud traducido y algunos clientes genuinos y me estacioné en la sección de Novedades. Había varias copias de mi libro. Aliviado, levanté una de ellas y me esforcé mucho por aparentar ser un cliente normal de una librería. En secreto, esperé que otros me vieran, que entendieran la indirecta y que también miraran mi libro. No lo hicieron. Pero yo no me quedé ahí.

“Este es mi libro”, le dije al joven vendedor. “¿Qué tal se está vendiendo?”.

“Bien, supongo… la verdad es que no sé”, me contestó sin siquiera levantar la mirada.
Tampoco me detuve ahí.

“Sé que esto suena bastante raro (en realidad no era así)”, tartamudeé, “pero mis niños siempre me están preguntando por qué mi libro no está en la vidriera”.

Sentí que era un poco patético. Heme aquí, un hombre grande, prácticamente rogando ver a mi libro en la vidriera. Pero… funcionó.
“No hay problema”, respondió. “Vaya, ponga uno”.
Lo hice.

Diez segundos después estaba de nuevo en la vereda, reunido con mi ego, mirando orgullosamente de reojo la vidriera recién embellecida. Francamente, se veía bien. De hecho, toda la exposición parecía de alguna manera iluminada por la nueva adición (sí, seguro). Yo sonreí ampliamente y corrí a casa.

Unos cuantos días después, estoy camino al almacén para comprar una gaseosa. Y cuando paso por la librería, mis ojos se dirigen automáticamente hacia la derecha para una rápida y orgullosa mirada a mi libro en la vidriera. Un solo problema – no está allí. ¡NO ESTA MÁS!
No estaba seguro de qué es lo que me molestaba más – que el libro había sido removido o el hecho de que me afectara. De cualquier forma, no era un lindo espectáculo.

Mi libro había sido reemplazado por… por… algún… algún otro libro, cuyo nombre olvidé instantáneamente. Me paré allí con un silencio mortal, simulando que no importaba, y preguntándome qué hacer a continuación. Sentí que había sido embaucado. El vendedor que me había dicho que pusiera el libro en la vidriera sólo había estado complaciendo a esta alma lastimosa y desesperada, pero apenas dejé la escena lo quitó y lo devolvió a su lugar apropiado – enterrado en un solitario y polvoriento estante.

Continué mi travesía solitaria hacia el almacén, pero ahora mi paso se había desacelerado considerablemente, y quizás mis hombros también habían caído unos cinco centímetros. No estaba seguro de qué es lo que me molestaba más – que el libro haya sido removido o el hecho de que me afectara. De cualquier forma, no era un lindo espectáculo.
Al llegar a la tienda, me dirigí directamente hacia la heladera. Yo me esperaba que se hubieran quedado sin mi sabor favorito, pero estaba equivocado. Tomé la botella del estante y caminé con pesadez hasta la caja. La chica detrás de la registradora no me resultaba familiar. Registró mi bebida y contó el cambio. Esta simple transacción estaba a punto de terminar. Pero luego me miró, y con sólo unas pocas palabras, transformó mi miserable compra en un evento transformador del ánimo.
“¿Lo que el Ángel te Enseñó, no?”, dijo.

Había mencionado el título de un libro que yo había escrito anteriormente y me reconoció como el autor. Traté de frenar mi amplia sonrisa, pero no tuve éxito.

“Por que.. eh… sí. ¿Cómo supiste?”.
“Oh, lo he escuchado hablar en muchas ocasiones y siempre miro su video semanal en Aish.com. Es maravilloso. Además, ¡He leído su libro siete veces! Usted es mi autor favorito”.

Si la gaseosa no hubiese estado en el mostrador de la caja, se me hubiera resbalado de la mano para convertirse en miles de pedazos de vidrio en el piso. No había mucho que pudiera decir. Yo sólo me paré allí, atónito, con la estúpida sonrisa cada vez más grande y quizás enderezando mi corbata o algo así.

Le agradecí un poco más de lo que tendría que haberle agradecido y le dije sobre mi libro nuevo. Pareció excitada y prometió comprar uno inmediatamente. Recogiendo mi bebida, marché hasta la salida con torpeza. Como si fuese un yo-yo bajo el efecto de esteroides, mi psique acababa de ser duramente golpeada y luego exaltada, abatida y elevada, aplastada y vigorizada. Y todo en unos pocos segundos.
Me recordó el credo de un gran líder jasídico. Creo que fue el rebe Mendel de Kotsk. Se dice que vivió su vida de acuerdo a dos filosofías principales. Una fue la declaración de humildad suprema de Abraham cuando le rezó a Dios por el bien de la gente de Sodoma: “Porque sólo soy polvo y cenizas”, (Génesis 18:27). La segunda fue el dicho de nuestros sabios del Talmud, sobre responsabilidad máxima: “Cada uno debe decir: ‘Todo el mundo fue creado sólo para mí” (Sanhedrín 37a).
Los más cercanos a él dicen que escribió cada pasaje en una pieza separada de papel, y que mantuvo ambos papeles con él todo el tiempo, en bolsillos separados.

“Las complejidades de la vida requieren la implementación de ambas escuelas de pensamiento”, enseñaba. “En ocasiones debemos sentir que somos extremadamente pequeños, y en ocasiones debemos darnos cuenta de que todo el universo gira alrededor de cada uno de nosotros. El secreto de la vida es saber cuándo buscar en qué bolsillo”.
Ambas reacciones fueron motivadas por el ego. Yo simplemente fui una endeble varita siendo llevada por una ráfaga de vanidad.

Los eventos de ese día me habían llevado desde un extremo al otro del espectro emocional, pero ambas reacciones fueron motivadas por el ego. Yo había permitido que las percepciones de los demás afectaran mi equilibrio por completo. Yo simplemente fui una endeble varita siendo llevada por una ráfaga de vanidad.

Contrasta esa inseguridad con la mentalidad del rebe. El rebe enseñó que nuestras elecciones internas son las que deberían dictar la manera en que nos sentimos, no las opiniones externas. Hay veces en las que deberíamos enfocarnos en la grandeza inherente y objetiva que reside en cada uno de nosotros, sintiéndonos capaces de poner nuestro sello único en el mundo. Y hay veces en las que deberíamos tener la humildad para sentir nuestra inherente pequeñez.

Esas emociones nunca pueden emerger de las reacciones de aquellos que nos rodean. No podemos sentirnos abrumados por el rechazo o intoxicados por ser el centro de atención.

En cambio, cuando nos sentimos pequeños, es una sana consciencia de que sin un Ser Supremo no podemos lograr nada. Y cuando nos sentimos grandes, es porque nuestro potencial para el cambio y para el crecimiento es realmente ilimitado.

Dile eso a tu ego, la próxima vez que viajen juntos.

Fuente: aishlatino.com


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