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13 de noviembre de 2017

DE NIÑAS A MONSTRUOS DE AUSCHWITZ: LAS CRIMINALES MENOS ESPERADAS DEL GENOCIDIO NAZI

El 13 de diciembre de 1945, en el silencio de la sombría prisión alemana de Hamelín y ante pocos testigos, un seco “crac” anunció que la soga había quebrado el cuello de Irma Grese, 22 años, nazi, criminal de guerra.

El 24 de enero de 1948, en el silencio de la sombría prisión de Montelupich, Cracovia, y ante pocos testigos, un seco “crac” anunció que la soga había quebrado el cuello de María Mandel, 36 años, nazi, criminal de guerra.

Quiénes eran y por qué las condenaron a muerte es un capítulo tan monstruoso como poco conocido de los campos de exterminio y la Shoá: el Holocausto.

Irma Ilse Ida Grese nació el pequeña villa de Wrechen el 7 de octubre de 1923. Familia humilde. Escasa instrucción: terminó la escuela elemental recién a los 15 años, y dos después de la prematura muerte de su madre, que dejó huérfanos a cuatro hijos.

Obligada –había que alimentar a esos hermanos…–, trabajó en lo que pudo: jornalera en una granja, vendedora de tienda, limpiadora en un hospital, obrera en un tambo… En el hospital de Hohenlunchen intentó dejar trapo y balde y pasar a enfermera, pero la Oficina de Trabajo le negó la chance.

Volvió a la carga en 1942, pero a pesar de sus protestas, la misma oficina la mandó al campo de concentración de Ravensbrück como auxiliar del cuerpo femenino de las SS, la organización criminal de élite creada por Adolf Hitler y Heinrich Himmler.

Se miró en el espejo. Nunca más ordeñaría una vaca al alba pisando barro y bosta… y el uniforme de las SS Helfserin le quedaba muy bien, a pesar de su posición de baja categoría en la estructura del campo: las mujeres de ese cuerpo auxiliar no podían llevar armas ni darle órdenes a varón alguno, así fuera soldado raso.

La mayoría de ellas eran campesinas, parientes de soldados muertos o heridos en combate, y su trabajo era la reubicación forzosa de civiles: los prisioneros hacinados en inmundas barracas, que más tarde o más temprano morirían fusilados o en las cámaras de gas. En cuanto al campo de Ravensbrück, era la usina madre donde se adiestraba a esas futuras torturadoras y criminales.

Salieron de allí, listas para ejercer sus tétricas tareas, más de tres mil quinientas encargadas y supervisoras: entre ellas, Ilse Koch a Buchenwald, Hildegard Neumann a Theresienstadt, María Mandel a Birkenau…, y cuatro meses más tarde, Irma a la nave madre del Infierno: Auschwitz II–Birkenau.

Irma tiene entonces, en 1942, apenas 19 años: la más joven del campo. Su primer trabajo: telefonista. Escasa paga: 54 marcos por mes, cuando el soldado raso, el último de la escala, ganaba 90.

Un error en su tarea le cuesta un castigo: dos días al frente de un grupo de trabajo que cargaba piedras en una cantera y las llevaba a las entrañas de aquella galería de horrores, seguramente para construir más barracas y cámaras de gas.

Conoce allí –y empieza a colaborar con él– a Josef Mengele, médico, capitán SS, y un espantoso doctor Frankestein de la vida real empeñado en urdir experimentos sobre seres humanos para producir, por medio de injertos, purificación de sangres y otras atrocidades, una raza superior más allá de la aria: el Superhombre del Tercer Reich que reinaría un milenio… y que se derrumbó en poco más que dos mil cien días.

Lo llaman El Ángel de la Muerte.

También, El Coleccionista de Ojos Azules.

Los que arranca de los judíos, gitanos, inválidos, homosexuales, luego de ser asesinados, o los de otro color que su monstruosa alquimia tiñe de azul…

A su lado, Irma se transfigura. De aquella adolescente huérfana, campesina, tendera, limpiadora de pisos y enfermera frustrada emerge un demonio, una diablesa rubia que al principio domina a las prisioneras, las golpea y azota después –un goce diferente, sensual, perverso–, y que muchas veces culmina en abuso sexual.

Su satanás interno queda oculto detrás de su aspecto. Uniforme como recién estrenado. Botas altas con brillo de acero pulido. Su pelo peinado con precisión milimétrica. Su perfume de agua de rosas, contraste del hedor a mugre y a muerte que el viento no alcanza a llevarse.

Eso, y su látigo de celofán que alguien trenza para ella. Cientos de diminutas tiras que al golpear un cuerpo humano abren pequeños arroyos de sangre…

Le encanta –su maldad crece y se perfecciona– dar el discurso de bienvenida a las nuevas víctimas. Que al principio la confunden con un ángel, y así la llaman… Desde luego, asciende. Responsable del sector C del campo, llega a reinar cruelmente sobre treinta mil prisioneras… en un miserable espacio en el que apenas caben tres mil.

Pero poco importa. Las cinco chimeneas, activas día y noche, van arrojando al aire el humo de los cuerpos quemados después de morir por bala o por gas. De ese modo, el equilibrio demográfico no se quiebra.

Es historia y leyenda que Irma dobla la apuesta día a día: siente especial placer en martirizar a las enfermas, débiles o inválidas que día a día cruzan los muros y las alambradas del campo. Sobre todo si advierte en esos cuerpos deteriorados por el hambre y las calamidades de la guerra una sombra, un pálido eco de belleza.

Rescatado por un soldado aliado luego de la caída del Tercer Reich, se lee en el diario de una prisionera: “Durante sus selecciones, el ángel rubio de Belsen (Nota: Belsen–Belsen fue su segundo campo), como la bautizó un diario, manejaba su látigo a discreción sobre todas las partes de nuestros cuerpos. Nuestras contorsiones de dolor y la sangre de perdíamos la hacían sonreír con sus dientes perfectos que parecían perlas. Con el tiempo agregó otros calvarios: lanzar sobre nosotras perros hambrientos para que nos devoraran, y torturar niños”.

Fuente: enlacejudio.com


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